Entre el trabajo y el futuro: lo que reveló el seminario de DYA Argentina sobre adolescencias rurales en Tucumán
12 de junio de 2026. En el marco del Día Mundial de la Lucha contra el Trabajo Infantil, DYA Argentina presentó los resultados de la Encuesta a estudiantes secundarios sobre trabajo adolescente en Tucumán 2025 en un seminario virtual que convocó a investigadores, especialistas en derechos y referentes territoriales. Los resultados fueron expuestos por Bianca Musante, responsable de investigación y monitoreo de DYA, y comentados por Gabriela González (UNT), Daniel Hernández (CIAS) y Julieta Santillán Juri (ANDHES). El cierre estuvo a cargo de Betina Castro, responsable territorial de Tucumán, y de Lis Ogas, joven ex participante del programa Punto Joven.
7 de cada 10 adolescentes en escuelas secundarias rurales realiza alguna forma de trabajo: mercado, autoconstrucción o doméstico intensivo
En Argentina no existe información nacional actualizada sobre trabajo infantil y adolescente desde 2016. Ante esa brecha, DYA Argentina realizó en 2025 un relevamiento propio con 587 adolescentes de cinco escuelas secundarias rurales de Tucumán, donde la organización trabaja desde hace nueve años en proyectos de cuidado infantil, apoyo escolar y formación para el trabajo.
El dato más contundente del relevamiento es que 7 de cada 10 adolescentes declaró haber trabajado durante la semana en que se realizó la encuesta. No se trata de casos aislados ni de situaciones extremas: es la realidad cotidiana de la mayoría de los jóvenes que están sentados en esas aulas. Cuando se comparan las trayectorias educativas de quienes trabajan y quienes no, el tipo de trabajo importa. El trabajo para el mercado opera sobre el presente: deteriora las condiciones cotidianas de estudio. El trabajo de autoconstrucción y doméstico intensivo opera sobre la historia escolar: se asocia a interrupciones acumuladas a lo largo de la trayectoria. No todos los trabajos afectan la escolaridad de la misma manera y esa distinción es clave para pensar respuestas.
En cuanto a las trayectorias educativas, la encuesta muestra que el bajo rendimiento académico —notas bajas y materias previas— es un fenómeno generalizado que afecta al 64% de los adolescentes independientemente de si trabajan o no. Además, el 54,5% permanece en la escuela sin haber repetido ni abandonado, pero estudia en condiciones que comprometen su derecho real a aprender (sin tiempo para estudiar y con muchas faltas). "Quedarse en la escuela no garantiza estar en condiciones de aprender", advirtió Musante, quien llamó a este grupo "el invisible: jóvenes que el sistema registra como alumnos regulares, pero que están lejos de poder ejercer plenamente su derecho a la educación".
Una advertencia metodológica amplifica la gravedad de todo lo anterior, ya que la encuesta solo alcanza a quienes están dentro de la escuela. Quienes abandonaron por trabajo no fueron relevados, "probablemente estamos subestimando la magnitud del problema", reconoció la investigadora.

El territorio como clave para leer los datos
Gabriela González, de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT) aportó la dimensión histórica y estructural que permite entender por qué estas comunidades son las que son. Las zonas estudiadas (Famaillá, Santa Lucía, Teniente Berdina) llevan décadas marcadas por el cierre de los ingenios azucareros en los años 60, un proceso que desmanteló la estructura productiva, social y cultural de la región y del que, en muchos sentidos, todavía no se recuperaron.
Desde una perspectiva anclada en Bourdieu, González llamó a evitar las lecturas que individualizan el problema, "hay una tendencia al voluntarismo: si uno quiere, puede, el que tiene mérito es el que llega. Esto termina culpabilizando y retrayendo a los jóvenes, y es una impronta muy neoliberal que deberíamos intentar evitar." El capital acumulado por las familias (económico, social, cultural) no es una decisión individual sino el resultado de décadas de condiciones estructurales. Y son esas condiciones, y no la voluntad de los adolescentes, las que determinan cuánta distancia existe entre ellos y las oportunidades.

Narrativas rotas: cuando el futuro ya no parece posible
Daniel Hernández, del Instituto Universitario CIAS llevó al seminario su investigación con jóvenes de barrios populares del conurbano bonaerense, trazando paralelos que ampliaron el debate más allá de Tucumán. Su concepto central fue el de "narrativas rotas del ascenso social", el relato que organizaba la vida en Argentina (crecer, estudiar, conseguir trabajo, formar un hogar) está perdiendo credibilidad entre los jóvenes de sectores populares. "Hay pibes de 17, 18, 19 años que dicen: ya no tengo futuro", señaló Hernández.
Cuando esa narrativa se debilita y los espacios de socialización se reducen, otras estructuras ocupan el lugar. Algunas de ellas bordean o son directamente ilegales, "un ejemplo es el narco menudeo", advirtió Hernandez, "ofrece ingresos, trabajo y un lugar de reconocimiento social", convirtiéndose en la organización con menos barreras de entrada para los jóvenes. No es una anomalía, sino que es el resultado de décadas de deterioro institucional que excede a cualquier gobierno en particular. Hernandez sostiene que la propuesta de política pública debería ser de pasar de las transferencias de ingresos a la reconstrucción de la trama donde los jóvenes crecen: "necesitamos mejores escuelas, mejores clubes, lugares organizados por adultos donde los chicos puedan ser reconocidos, ser vistos, explorar quiénes son".
La escuela como espacio de derechos (y sus límites)
Julieta Santillán Juri, referente de la ONG ANDHES, valoró la investigación por algo que va más allá de los números desde el enfoque de derechos humanos: "esta investigación no niega dificultades, pero tampoco reduce toda la experiencia al déficit o al daño" y sostuvo que ese punto de partida importa: "mirar a los adolescentes como sujetos de derecho, no como víctimas pasivas".
Anclada en la Convención sobre los Derechos del Niño y el principio de autonomía progresiva, planteó que la escuela tiene una función insustituible de ser el espacio donde todavía es posible "la espera, el proyecto colectivo, el derecho a imaginar un futuro que no esté dictado por las reglas exclusivas del mercado". Pero esa función tiene un límite que no puede ignorarse, la escuela no puede resolver por sí sola las desigualdades sociales que atraviesan a las infancias y adolescencias. Santillán Juri cerró con una pregunta abierta para seguir pensando ¿cómo logramos que el enfoque de derechos pase de ser un marco teórico a ser el motor real de transformación en la calidad de vida de comunidades enteras?
La voz que no estaba en los datos
El cierre del seminario tuvo la voz que más resonó en el encuentro. Betina Castro, Responsable territorial Tucumán en DYA, presentó a los Puntos Jovenes, programas que DYA viene impulsando en varias comunas desde el 2020, como espacios de contención real, ya que es gratuito, sostenido por un equipo con años de trayectoria y muchas veces la única alternativa a la calle para adolescentes que combinan la escuela con el trabajo cotidiano.
Luego habló Liseth Ogas, ex participante del programa Punto Joven. Llegó al Punto Joven a los 16 años buscando apoyo en matemáticas. Encontró música, contención emocional y una vocación que no sabía que tenía. "Para mí, que la música se me hacía algo muy lejano, fue tremendo", relató. Este año se recibe de maestra de música, y agregó: "ahí encontré mi identidad y quién quiero ser y para dónde quiero ir".
Su testimonio no es un cierre decorativo. Es la demostración más concreta de lo que el informe describe en cifras: que las condiciones en que se transita la adolescencia determinan, en gran medida, las posibilidades que se abren hacia el futuro. Y que cuando esas condiciones mejoran, aunque sea en un Punto Joven de una comuna rural de Tucumán, los horizontes se transforman.